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September 04 La pobreza es invisibleLa pobreza es una de las lacras sociales que arrastramos en pleno siglo XXI. Y al hablar de pobreza seguro que lo primero que a uno se le viene a la mente son los anuncios que, cada Navidad, nos sacuden la conciencia desde oenegés o grupos independientes. Apadrinar niños es la finalidad de estos anuncios que no rozan, sino que golpean con fuerza el dramatismo de gentes que no tienen qué llevarse a la boca. Pero la pobreza está más cerca de lo que nos pensamos. Detrás de pantalones Levi's, de camisas Ralph Lauren o de unos náuticos de cuero marrones se esconde una nueva forma de pobreza: la del Primer Mundo.
Invisible a los ojos superficiales de una sociedad que vive cada vez más deprisa. Consumismo globalizado e individualismo egoísta nos ciegan progresivamente. Nadie está a salvo del azote de la pobreza. Altos ejecutivos y de familia bien arruinados tras su separación, padres y madres que no llegan a fin de mes con sus 300 euros mensuales fregando escaleras y cuidando de niños o ancianos, personas que han caído en el cruel agujero negro de las drogas, la bebida o el juego... Son muchos y están ahí fuera. No los vemos o, mejor dicho, no queremos verlos. Detrás de todos ellos se esconde una injusta o cruel (como se quiera ver) realidad.
Hoy me he sentido como estas personas. A las 13.00 horas entré en un comedor solidario. A pesar de que mi aspecto no encajaba con el resto de personas-si es que esta afirmación está permitida- nadie me exigió que demostrase lo pobre o lo no pobre que era. ¿Tienes hambre? Pues aquí eres bien recibido, me dijeron...
Tomé asiento en una mesa de ocho personas (María y Antonio, y el resto no se identificaron). Estaba desorientado. Me senté en la mesa rápidamente cuando todos permanecían de pie. No entendía nada... Hasta que comenzó una oración para dar gracias a Dios por el ulterior banquete. Fallo de novato y se notó...
A mi izquierda un chico con problemas mentales. A mi derecha, María, una drogodependiente. A ambos extremos de la mesa una señora mayor, de unos sesenta y pico años y al otro lado un señor con ropas raídas. Justo enfrente un chico en el que se adivinaban los recientes efectos secundarios de su 'chute' diario. A su izquierda, una señora gordita con muy malas pulgas y muy sincera y justo a la derecha un señor de mediana edad completamente mudo. Ésta fue mi mesa. Silencio sepulcral al principio. Todos éramos diferentes, pero cuando llegó la comida me di cuenta que había algo que, por lo menos durante media hora, nos unía...
Intimidades de unos y de otros se desvelaron antes del segundo plato (un buenísimo arroz con calamares). Yo también hablé, aunque tuve que omitir mi condición de periodista y mi verdadera situación. Fue muy incómodo al principio, pero yo dejé que ellos tuviesen el protagonismo. Mi objetivo era ver cómo se vive desde dentro un comedor como éste. Los datos que los voluntarios que aquí trabajan están muy bien, pero las historias de las personas que necesitan que se les eche un 'cable' son las que verdaderamente importan.
La verdad sea dicha, estuve a punto de echar una lagrimita por la situación que estaba viviendo. Entonces comprendí que es esta vergüenza la que hace que todos ignoremos este problema, aunque lo tengamos en frente de nuestros ojos. Las personas necesitadas son muchas y de diversa índole. Una madre con su hija, un 'gorrilla', un señor sin recursos, un ludópata o un periodista que preparaba un reportaje y que se dio cuenta de la invisibilidad de la pobreza. Quién sabe si algún día seré yo el que esté del otro lado... |
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